El Optimist: “nuestro primer amor”
Para muchos de nosotros, el mar no fue una decisión. Fue un encuentro.
Esa primera vez que agarramos el timón y la escota. Solos, rodeados de agua.
Un timón que no solo transmite dirección, sino que impone una responsabilidad nueva.
La primera racha. La primera escora.
Ese primer contacto es como el primer amor: nunca se olvida.
Para generaciones enteras de navegantes, ese primer amor se llamó Optimist.
Un cajón de madera —o fibra— con una vela.
La historia del Optimist nace lejos de los grandes astilleros y de los lugares con una náutica desarrollada.
Nace en el pueblo de Clearwater, en Florida, en 1947, como nacen las buenas ideas: por necesidad y con buena intención.
En Clearwater existía un club dedicado a organizar actividades para niños: el Optimist Club.
Por entonces, los niños competían en las llamadas Soap Box Derby, una competencia muy extendida en Estados Unidos: carreras de autos sin motor, construidos a mano entre padres e hijos, que descendían colinas empinadas impulsados únicamente por la gravedad. En sus orígenes, muchos de esos autos se construían con cajas de jabón de madera.
Soap Box Derby -carreras de autos sin motor- en Estados Unidos, años 40.
Eran experiencias intensas pero breves: mucho trabajo para una o dos bajadas al año.
En esos días, el alcalde Clifford A. McKay fue invitado a hablar en el club sobre delincuencia juvenil. Durante su charla lanzó una idea simple y contundente: los niños que navegan regularmente en pequeñas embarcaciones no suelen meterse en problemas. Además, en Clearwater faltaban colinas, pero sobraba agua.
Así surgió la idea de un equivalente acuático a esos autos sin motor, que estuviera al alcance de todos los niños, y que les permitiera navegar durante todo el año, ganando autonomía, responsabilidad y confianza.
McKay contactó al otro gran protagonista de esta historia, Clark Mills, diseñador y constructor local de pequeñas embarcaciones, con este encargo:
“Necesitamos un barco pequeño que los niños puedan construir con sus padres.
Debe costar menos de 50 dólares.
Debe poder hacerse con dos planchas de terciado.
La vela puede ser de una sábana.
Y debe ser estable y seguro.”
Clark Mills
Mills se puso a dibujar.
Todas sus ideas eran buenas, pero demasiado caras.
Hasta que tomó una decisión clave, radical: cortar la proa.
Dejó solo lo esencial.
Miércoles, 3 de septiembre de 1947:
Clifford McKay Jr., de once años, navegando el primer Optimist.
Así nació ese casco de nariz achatada que muchos han mirado con desdén…
y en el que tantos aprendimos a navegar.
El Optimist es estable.
Responde de inmediato.
Perdona errores.
Planea incluso antes de lo esperado.
Enseña sin explicaciones.
Clark Mills nunca quiso royalties.
Nunca quiso hacer negocio.
Donó los planos.
Cedió los derechos.
Se conformó con ver a niños navegando el barco que él había imaginado.
Decía que lo único que realmente le importaba era eso: verlos disfrutar.
Optimist de madera moderno
Para la mayoría de los navegantes, nuestro primer contacto con el mar, nuestra primera lección, fue a bordo de un Optimist.
Como el primer amor.
Imperfecto.
Simple.
Inolvidable.
Texto de Jordi Griso